de números, letras, vacíos y estrategias, hoy por un instante nos hemos permitido dolernos. Y no sé si es necesario decir, que ese dolor me ha hecho escurrirme entre los vasos y rozar su boca, así que hoy las heridas han sido más que un refugio para ambos.
Este encuentro diario frente a una cerveza fría es el encuentro de dos almas desesperanzadas, que agotadas se refugian en el único lugar donde nos derrumbamos: sobre este alcohol que alimenta nuestros miedos. Sin embargo, no sé si es por qué hoy parecía más frágil tras sus ojeras negras o que la mujer con la que había pasado la noche a punto estuvo de suicidarse; pero la necesitaba
- ¿Pedimos otra?- Me preguntó, pero antes de mi respuesta ya estaba levantando el brazo al camarero. Hoy tenía los labios algo abultados y más rojos de lo normal para no estar pintados, por eso no pude evitar mirarlos
- ¿Por qué me miras así?- y echó los hombros hacia atrás y sus pechos se quedaron más cerca.- ¿Tengo algo en la cara?- y se la toco con la mano que no sostenía la copa.
- No- y alargué la “o” más de lo normal- Tus labios… hoy son diferentes- Se llevó la mano a ellos y ahogó una risita casi infantil.
- He ahogado con un tipo mis penas en el baño- Me dejó petrificado ¿en el baño? ¿ella?
- Desde cuando… haces eso en los baños
- He decidido buscar en otros sitios- y volvió a reír
- ¿Qué crees que vas a encontrar en un baño? ¿En tíos que sólo buscan una chica de una noche?
- ¿Qué crees que buscan las mujeres que te llevas a casa cada día?- Fue un golpe bajo y ella lo sabía, por eso dejó de mirarme y bajó la cabeza
- No es lo mismo- Me dolieron sus palabras y me dolió aún más no poder cogerla y estamparla un beso que le hiciera no desear más sexo con desconocidos. No sé que pasaba pero esa noche olía diferente ¿Tal vez porque después de su fiesta de espuma me llegaba el aroma del placer? Miró hacía el billar, sonrió a un tipo musculado que señaló el baño de mujeres con la cabeza. Ella se levantó y me dejó el bolso en las piernas. ¿No pretendería que se lo guardará mientras ella…? Sin pensarlo la sujeté por el brazo con tanta fuerza que perdió el equilibrio (por la fuerza y la borrachera, claro). Clavo los ojos en mí y estaban llenos de furia, tanto que pensé que iba a abofetearme, pero en cambio se acercó a mi oído y me susurró: “Siempre pienso en ti cuando lo hago”, y sus ojos ya no sentían rabia sino dolor. El mismo dolor que sentí cuando cerró la puerta del baño.
- Antonio, te dejo el bolso de Ada- le dije al camarero. No le dio tiempo a cogerlo, lo dejé en la barra y me fui casi corriendo, quería marcharme lo suficientemente lejos para no tener tentaciones de volver.






