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lunes 2 de noviembre de 2009

Marlon


Ella y yo que apenas tenemos tiempo de pensarnos y ocupamos nuestros minutos
de números, letras, vacíos y estrategias, hoy por un instante nos hemos permitido dolernos. Y no sé si es necesario decir, que ese dolor me ha hecho escurrirme entre los vasos y rozar su boca, así que hoy las heridas han sido más que un refugio para ambos.
Este encuentro diario frente a una cerveza fría es el encuentro de dos almas desesperanzadas, que agotadas se refugian en el único lugar donde nos derrumbamos: sobre este alcohol que alimenta nuestros miedos. Sin embargo, no sé si es por qué hoy parecía más frágil tras sus ojeras negras o que la mujer con la que había pasado la noche a punto estuvo de suicidarse; pero la necesitaba
- ¿Pedimos otra?- Me preguntó, pero antes de mi respuesta ya estaba levantando el brazo al camarero. Hoy tenía los labios algo abultados y más rojos de lo normal para no estar pintados, por eso no pude evitar mirarlos
- ¿Por qué me miras así?- y echó los hombros hacia atrás y sus pechos se quedaron más cerca.- ¿Tengo algo en la cara?- y se la toco con la mano que no sostenía la copa.
- No- y alargué la “o” más de lo normal- Tus labios… hoy son diferentes- Se llevó la mano a ellos y ahogó una risita casi infantil.
- He ahogado con un tipo mis penas en el baño- Me dejó petrificado ¿en el baño? ¿ella?
- Desde cuando… haces eso en los baños
- He decidido buscar en otros sitios- y volvió a reír
- ¿Qué crees que vas a encontrar en un baño? ¿En tíos que sólo buscan una chica de una noche?
- ¿Qué crees que buscan las mujeres que te llevas a casa cada día?- Fue un golpe bajo y ella lo sabía, por eso dejó de mirarme y bajó la cabeza
- No es lo mismo- Me dolieron sus palabras y me dolió aún más no poder cogerla y estamparla un beso que le hiciera no desear más sexo con desconocidos. No sé que pasaba pero esa noche olía diferente ¿Tal vez porque después de su fiesta de espuma me llegaba el aroma del placer? Miró hacía el billar, sonrió a un tipo musculado que señaló el baño de mujeres con la cabeza. Ella se levantó y me dejó el bolso en las piernas. ¿No pretendería que se lo guardará mientras ella…? Sin pensarlo la sujeté por el brazo con tanta fuerza que perdió el equilibrio (por la fuerza y la borrachera, claro). Clavo los ojos en mí y estaban llenos de furia, tanto que pensé que iba a abofetearme, pero en cambio se acercó a mi oído y me susurró: “Siempre pienso en ti cuando lo hago”, y sus ojos ya no sentían rabia sino dolor. El mismo dolor que sentí cuando cerró la puerta del baño.
- Antonio, te dejo el bolso de Ada- le dije al camarero. No le dio tiempo a cogerlo, lo dejé en la barra y me fui casi corriendo, quería marcharme lo suficientemente lejos para no tener tentaciones de volver.

lunes 26 de octubre de 2009




A veces creo que cuando coges mi mano,
como sin querer, con una excusa como que hace frío
o que te parece curioso que tenga doble la línea de la vida,
o que temes que al saltar un charco moje mis zapatos nuevos
o que crees que voy a saltar por ese precipicio,
creo que, como sin querer, me quieres.

Pero ese acto insignificante que es coger una mano,
apretar levemente un dedo, rozar con el índice mis yemas,
dejar que se sientan nuestras huellas dactilares,
es dejar por un instante que lo imposible sea sólo para los demás
y pueda existir tras ese roce otros más intensos.

Tras tu deslizar de mano la piel se resiente,
primero una sacudida que desemboca en el estómago,
luego una rigidez para evitar las dentelladas,
más tarde un calor que desemboca en tristeza,
para terminar en vacío, en ese hueco cuando la apartas.

Y son esas brechas que dejas en mi cuerpo,
las que a veces no dejan que te olvide,
y te llamo con excusas como que no encuentro tal lugar,
o que las estrellas han desaparecido
o que los patos del Retiro tienen hambre,
es entonces, cuando creo que como sin querer te quiero.

lunes 28 de septiembre de 2009

Inmortal


Quizá sentir esperanza no sea tan malo, podría seguir agazapada y lanzarme cuando nadie mire, tal vez rozarte, como el otro día, cuando andabas por el bosque y notaste un débil aleteo en el cuello y no supiste si dar un manotazo o dejar que lo qué fuera siguiera erizándote el vello, porque ignorabas, qué había tras el cosquilleo, si un picotazo dañino o el preludio del placer. Pero, en ese caso, tu momentánea duda se torno en molestos picores, pues fue una araña que ignoraba de deseos. Ahora, temo que si te rozo con los labios, me aplastes con la furia del herido; así que acurrucada espero que esa picadura sane. Pero los días pasan y cada vez hay menos tiempo. Si pudiera ser inmortal, podría dar la espalda a tu mirada hasta que pudiera cobijarla en mi pupila, no tendría miedo a resquebrajar el cielo, ni a lanzarme al vacío, porque podría volar, lejos, hasta el lugar dónde te escondes.

jueves 2 de julio de 2009

Reciclarse o morir


Desde que ha llegado el verano, he prohibido a mi ojos que miren hacia arriba,
y, como soy chiquitita, si no levanto la cabeza no alcanzo a ver de cuello para arriba a ningún hombre. Así estoy, rodeada de cuerpos masculinos sin cabeza. El problema es que tengo un cuerpo tan rebelde que en cuanto me despisto se lanza a hacer lo que no debe y, claro, a mirar para arriba y ¡zas! las pupilas se me vuelven locas con tanto cuello sin corbata. Esos cuellos oprimidos durante el frío invierno se desatan y comienzan a mostrarse suaves, vibrantes y humedecidos. Y yo, yo que he ido recogiendo en el bolso todas esas pobres corbatas abandonadas las consuelo diciendo: “No os preocupéis, siempre se puede aprender una nueva profesión. Vosotras os recicláis para ser esposas y yo para ser vampiresa” Y así andamos, haciendo prácticas.

miércoles 24 de junio de 2009

Cambios


Quizá no se puedan cambiar las cosas
y esta lluvia no es más que una señal de que
siempre será lo mismo, más o menos intensa, pero siempre agua.
Sedienta, bebo de esta monótona espera e imagino que eres aire
y estás buscando a través de mi piel erizada.
Pero si fueras aire, hace tiempo que hubieras descubierto,
que debajo de la cama guardo todo lo que fuimos
para cuando entiendas que es el momento de volver.

Quizá no se puedan cambiar las cosas
y haya que dejar encerrada toda mi espera
zarandeada por los silencios y el perdón.
Penitente, miras mi espalda encogida
y temes que al tocarla vaya a acuchillarte.
Pero mi espalda, es sólo un puente de piedra,
un camino que empieza en el momento en el que me nombrasy acaba cuando al estrellarte contra mí todo cambia.

jueves 7 de mayo de 2009

Ada y Marlon

Apenas llegaba a rozar el suelo con los pies, de puntillas, como si sentada también necesitara no hacer ruido, pasar desapercibida. Solía balancearse en el pupitre como si fuera a lanzarse al vacío, ya entonces intuía que nunca podría permanecer tranquila, que siempre debería estar preparada para salir corriendo o volando o soñando (que al fin y al cabo es otra forma de escapar). Se sentaba en mitad de la clase y nunca, nunca, levantaba la mano para preguntar, no porque fuera tímida, sino porque no quería que nadie se acordara de ella. A la hora del recreo, sacaba su bocadillo y, cuando nadie la veía -que no era difícil- se escondía detrás de unas cortinas que tapaban mobiliario viejo y unas cajas con cachivaches de todo tipo. Nadie la echaba de menos, nadie la buscaba, así que nadie había descubierto su escondite hasta aquel día. Devoraba su bocadillo cuando oyó unos pasos, unas risas bajitas y entrecortadas, unos susurros acariciantes y unos besos sonoros y continuados, cortados con suspiros.
- Nunca había hecho esto- oyó que decía una voz de niña
- No tengas miedo, es fácil
- Per...- y le cortó la "o" otro beso
- Primera lección- y el niño le estampo otro beso. No hubo más palabras, así que Ada supuso que la niña fue aplicada y las lecciones muy interesantes. Siguió comiendo el bocadillo, como si al otro lado de la cortina no estuvieran también devorándose, hasta que las acaloradas manos infantiles buscaron un lugar más oscuro y abrieron la cortina, entonces Ada se escondió debajo de un pupitre y se tapo los oídos para sentirse invisible, claro, que los jadeos atravesaron las manos. Terminada ya su faena se marcharon de allí y Ada se quedó bajo la mesa, con medio bocadillo sobre la falda y sin poder moverse. Volvió a oír unos pasos, pero esta vez no traían besos, ni suspiros, ni caricias. Vio unos piececillos delante de la mesa, notó como alguien se agachaba y entonces vio sus ojos azules que sonreían.
- Hola, Ada, siento haberte molestado en tu desayuno. Supongo que ya lo sabes, me llamo Marlon- y le tendió la mano para ayudarla a salir.
- Sí, claro- y no supo que más decir

lunes 4 de mayo de 2009

El diario de Ada



Puedo explicaros por qué cada noche recorro las calles, sobre todo las noches de lluvia, mirándome por encima del hombro en cada charco, intentando vislumbrar un poco de azul, ese azul que recuerdo hermoso y cálido como una tarde melancólica; pero los azules siguen negros. Desde aquella noche, hace ya quince años, junto al Callejón del Oro, busco, busco la misma sombra de color azul para que rompa el maleficio. Lo que no puedo explicaros es por qué, tras horas rastreando, necesito descansar en el mismo bar, a la misma hora y con la misma persona, tal vez, guardo la esperanza de volver a ver sus ojos cobalto ahora vacíos, agujereados, infinitos.
- Vienes empapada, ¿cuántas horas llevas bajo la lluvia?
- No mucho
- Pues quien lo diría- dijo Marlon mientras colgaba mi abrigo empapado.- Por tu cara deduzco que no ha habido suerte. Será mejor que ahoguemos las penas en alcohol- "Otra vez", olvidó decir- Antonio, un par más- y volvió a dirigirse a mí.- Venga, no pongas esa cara, ya encontrarás eso que buscas, cuando menos te lo esperes.
- Tal vez entonces sea demasiado tarde y ya no me importe. A veces creo que sigo buscando por tener un objetivo, para no tener que volver a casa sola, sentarme en el sofá y volver a sentir que no hay nada que merezca la pena.- Marlon torció el gesto- Excepto este bar, tú y nuestras conversaciones, claro- Se me escapó una sonrisa melosa que le rozó el lóbulo de la oreja